Posted on: 25 de noviembre de 2025 Posted by: Cristina Sierra Comments: 0

Descorche, Corcha, Saca, …
Por Cristina Sierra · 27 de julio de 2025
Tengo la sarna. Estoy encendida. Me pica todo el cuerpo. Y todo por haber dormido en el colchón viejo del campo y el cuerpo me lo recuerda. Hoy es domingo 27 de julio. La saca empezó el martes 22 a las seis de la mañana, o más bien mucho antes… porque las cosas importantes en el campo no empiezan el día que suena el despertador. Empiezan con años de espera, dudas, decisiones.
En 2022 (¿o fue en 2021? Tendré que comprobarlo), intentamos sacar el corcho junto con “El Retazo del Guijo”: la finca de mi hermana. Pero la de “Los Llanos”, mi finca, tenía entonces solo ocho años y no autorizaron su saca. Evidentemente, dijeron. Aunque ahora creo que en la naturaleza pocas cosas son evidentes. Ella manda. Y es infinitamente más sabia que nosotros. Solo hay que observar. Y por suerte, en el campo hay grandes observadores.
Siempre me he sentido una persona afortunada por conocer a tanta gente del campo. Aunque también me he cruzado con personas de las que ojalá no me hubiese cruzado. Pero es lo que hay. Este mundo es así.
De la saca de mi hermana no recuerdo nada. Supongo que entre ser madre y empresaria no me daba la vida. Pero esta vez sí. Esta vez he estado presente en casi todo.
Todo empezó con un trato. Yo no soy beneficiaria directa del corcho, solo tengo interés como nuda propietaria y como custodio del futuro de mis árboles. Me siento responsable de este territorio. Custodiarlo, conservarlo, mejorarlo —si puedo— para que mi hija lo reciba un poco mejor de lo que yo lo encontré. A veces parece imposible. Hubo un tiempo en que llamaba a esto una herencia envenenada. Pero mi psicóloga me ayudó a cambiarle el nombre: herencia bienavenida. Aunque haya días, como ayer, en los que se me haga un nudo en la tripa. Eso ya dará para otra publicación. Servirá de algo que esté sembrando arbolitos?
La respuesta fue tajante: no nacerán de forma natural. En 20 años el clima habrá cambiado tanto que el alcornoque no serán viables las bellotas. La dehesa desaparecerá.
Esta respuesta me aplastó. Pero también me hizo pensar. Hay que hacer algo.
En las jornadas del corcho en Cortegana, sí se habló de trabajadores.
Las crisis del campo no son naturales. Las provocamos las personas.
En 2008 empezaron las ayudas forestales. Con ellas, vinieron podas excesivas, desbroces desmesurados, corcho sacado hasta de las ramas. Se dejó de tener novicios. Los niños dejaron de pisar el campo. Caldo de cultivo perfecto para la escasez actual de profesionales. Y es que el campo hay que amarlo y mamarlo.
No dudo que haya nuevos buenos descorchadores. Pero al principio hay que hacerlo mal. Es inevitable. Como le digo a mi hija. (Aunque luego no me aplique el cuento. Eso también da para otro artículo.)
Yo en 2003, al terminar la carrera, impartí cursos. Antes en mi proyecto fin de carrera, escribí sobre la seca en los alcornocales de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche. Visité universidades, centros de investigación, conocí a Pepillo —trabajador de fábrica de corcho que me enseñó más que muchos libros—, y a Héctor Morell, un apasionado del corcho, cónsul de Rusia en Sevilla, que me habló de tapones naturales, exportación y conservación. Él quería diseñar una máquina de descorche.
En 2003 fui a Jerez a ver aquella primera máquina. No funcionaba bien, pero como le dije hace poco a un chaval: la primera rueda era de madera.
En la finca “La Venta” en Santa Olalla del Cala (Huelva) gracias a Francisco Carranza volví a ver otra máquina, esta vez de Amorim. Falla el sensor. Pero si no se prueba, no se mejora.
Cuando me confirmaron la saca, llamé a Relvas para pedir una. Me quedé con las ganas. Pero sigo creyendo en ellas: son el pasado y el futuro hechos presente.
Mientras tanto, trabajamos con lo que hay. Con lo que sabemos. Con lo que sentimos. Y sin juzgar el pasado, pero aprendiendo de él.
Creo que he pasado por una etapa de observación necesaria para saber hacia dónde quiero ir. Y ahora, que se me agotan los recursos, toca volver a sentirse útil, generar nuevas oportunidades.Después de días de observar, organizar, maternar, proteger heridas… también he echado mercromina. Literalmente, a los árboles, bueno en realidad era Sellalem. Porque no hay muchos descorchadores profesionales. Y los que hay, a veces hacen heridas. Hachazos. O quizás he tenido mala suerte. Pero las heridas estaban.
Observar a los descorchadores, juntadores, cargadores, tractoristas, camioneros… es adictivo. Hipnotizante. Ayer estuve casi dos horas sentada mirando. Dicen que está feo. Pero no pude evitarlo. Podría haber estado haciendo mil cosas en el campo, pero me quedé a mirar. Porque eso era lo que me pedía el cuerpo. Como dice mi psicóloga: las cosas vienen para aprender o para disfrutarlas.
Y ayer me quedé para disfrutar. Pero también para aprender.
Miro al futuro y no sé cuál será. Pero quiero poner mi granito de arena para que la dehesa, el corcho, el vino, los árboles y las personas que los trabajan tengan un futuro más bonito.
¿Cómo? Ni idea. Pero llegará. Confío.Y después de este Quijote —como dice mi cuñá— me despido. Este no es un artículo científico. Pero ojalá sí divulgativo. Aunque no lo lea nadie. Porque no lo escribo para gustar. Lo escribo porque me sale así. Sin pensar en quién lo leerá ni qué opinará. Esto es para mí.
Si el objetivo fuera contarte la situación del corcho como si no supieras nada, esto no serviría.
Si fuera compartirlo con gente del sector, quizás tampoco.


Pero esto sirve para mí.


Y quizás también para quien necesite ver que no está solo. Ni sola.

Posdata: No me dejo atrás las buenas conversaciones de estos días. Con todos los implicados en el proceso: descorchadores, cargadores, transportistas, observadores. Gracias por dejarme grabar. He aprendido mucho con vosotros. Prometo mencionaros.
Firmado: Cristina Sierra.
Empezamos el 11 de julio, en la finca de mi hermano “Vallemuchacho”. Amaneció frío y chispeando. No se daba. ¿Era el clima? ¿Era la finca? Solo tiene una primavera buena y ocho años malos. ¿O era que la empresa no tenía ganas ese día? Total, que probamos en mi finca. Se iba medio bien. Pero no había ganas. Y el corcho necesita ganas. Al final, hubo que buscar hueco en las agendas apretadas de los descorchadores.
Y aquí quiero abrir melón: la situación del corcho. No voy a analizar datos ni economía, solo lo que me llega. En noviembre de 2024 asistí al Congreso Ibérico de la Dehesa en Évora. Se hablaron muchas cifras, pero yo me quedé con las personas: Francisco Alves y su ganadería regenerativa, Bea Pablos, ganadera española, Pía Sánchez, a quien ya conocía, empresas, investigadores, representantes del corcho, del vino… Y también conocí a un chico del que me enamoré rápidamente. Aunque duró poco. No sé si fue como esta primavera —un mirlo blanco— o como el clima —años malos que ya hay que normalizar—.
Al final de la jornada hice una pregunta:
“¿Servirá de algo que esté sembrando arbolitos?”, ….

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